
Cristina Mallor, ganadora del Concurso de Microrrelatos de Montañana con un relato dedicado a la borraja
La Cofradía de la Borraja y el Crespillo de Aragón está de enhorabuena. Nuestra cofrade Cristina Mallor ha resultado ganadora del Concurso de Microrrelatos de las Fiestas de Montañana con «Mi llegada al paraíso», un relato que rinde homenaje, con humor y ternura, a la reina indiscutible de nuestra cofradía: la borraja.
El acto de entrega de premios reunió a los ganadores de las distintas categorías del certamen —microrrelatos, fotografía y pintura— junto a la Comisión de Fiestas de Montañana, en una jornada que puso en valor la creatividad vecinal y el cariño de este barrio rural de Zaragoza por sus tradiciones y su huerta.
Contada desde el punto de vista de una semilla de borraja, la historia de Cristina narra su viaje desde que nace junto a «miles de hermanos» hasta que es sembrada en Montañana, a la que describe sin rodeos como el auténtico paraíso: un lugar donde, mirases donde mirases, había borrajas de todas las edades y portes, un «imperio verde» regado por el agua del Gállego. Con esa mezcla de ironía y cariño tan propia de quien conoce bien el producto, el relato reivindica a Montañana como la capital mundial de la borraja, y culmina con un final que solo puede arrancar una sonrisa a cualquier cofrade: el destino «glorioso» de toda borraja con aspiraciones es acabar en un plato de borrajas con patatas y un buen aceite de oliva virgen extra.
Desde la Cofradía de la Borraja y el Crespillo de Aragón queremos felicitar a Cristina Mallor por este reconocimiento, que además de un premio literario es una manera preciosa de seguir difundiendo el valor gastronómico y cultural de nuestra hortaliza insignia. Enhorabuena también al resto de premiados en fotografía y pintura, y nuestro agradecimiento a la Comisión de Fiestas de Montañana por seguir apostando por certámenes que mantienen viva la relación entre el barrio y su huerta.
«Mi llegada al paraíso», de Cristina Mallor:
Mi madre floreció con un entusiasmo desmedido, con unas cimas florales espléndidas y rodeada de insectos zumbadores que iban y venían con un gran frenesí. De aquel trajín nací yo, junto a miles de hermanos. Éramos una familia numerosa, muy numerosa; vivíamos más apretados que los viajeros en el 28 el día de la Feria de los Vinos.
Un día nos recogieron mientras decían: «Este año la producción ha sido muy buena. Estas semillas se merecen nacer en el mejor lugar del mundo.» Y claro, una escucha eso y se imagina palmeras, fuentes y quizá alguna hamaca. Pero no. Nos llevaron cruzando una avenida que, para una semilla, parecía la travesía del desierto, pasamos la Montañanesa, y al llegar después del desvío de la carretera nos descargaron con más solemnidad que a unas celebridades. Luego nos sembraron.
Y entonces lo comprendí todo. Aquello sí era el paraíso. Mirases donde mirases, había borrajas por todas partes: jóvenes y tiernas, adultas y frondosas, veteranas de hoja ancha, todas luciendo un porte de lo más distinguido. Un auténtico imperio verde. Nada de playas ni cocos: en Montañana el lujo de verdad se mide en borrajas.
No exagero si digo que tuvimos suerte. Dicen que Montañana, barrio rural de Zaragoza, es la capital mundial de la borraja. Y yo lo creo. Allí crecimos felices, regadas con el agua del río Gállego y con la secreta sensación de estar en el centro del universo.
Mi infancia fue hermosa, mi juventud prometedora y mi destino, glorioso. Porque cuando alcancé la madurez, cumplí el sueño de toda borraja con aspiraciones: acabar en un plato de borrajas con patatas y un buen aceite de oliva virgen extra. No todo el mundo puede presumir de tener un final tan digno. Yo sí.



